Ser o hacer


En la sociedad occidental, existe una creencia muy generalizada de que las personas somos más o menos valiosas en función de nuestros resultados. Ya desde niños somos premiados y estimulados en este sentido: si te portas bien, si sacas buenas notas, si no lloras, si eres el mejor de la clase, si no das guerra, si ganas esa carrera, si no protestas, si obedeces…
recibirás más aprecio, te prestaremos más atención, nos enfadaremos menos, estaremos más satisfechos, te querremos más. Y también al contrario, si no cumples nuestras expectativas, si no alcanzas nuestros estándares, recibirás reproches, críticas y desaprobación. Aprendemos desde muy temprano que, haciendo las cosas bien, podemos conseguir más aprecio y reconocimiento y este es un aprendizaje que no debería tener mayores consecuencias si no fuera porque acabamos interiorizándolo hasta convertirlo en una ley de vida, una especie de mandato que domina todo lo demás, hasta el punto de llegar a esclavizarnos.

Decimos que cuando vivimos en el hacer, estamos respondiendo a mandatos externos e intentando cumplir expectativas ajenas. Entonces nos esforzamos por hacer las cosas lo mejor posible, no tanto porque sea nuestro deseo, sino porque es la manera de conseguir aprecio, reconocimiento, aceptación, seguridad o cualquier otra cosa que estemos buscando. Es como si, en algún momento de nuestra vida (de nuestra infancia), quedara grabada la idea de que, para obtener amor, debemos renunciar a algo que es intrínsecamente nuestro.

Cuando vivimos en el ser, sin embargo, nuestras acciones responden a nuestros propios deseos y necesidades, el impulso surge de nuestro interior y es más coherente con nuestras aspiraciones y nuestro propósito de vida.

Vivir en el hacer es, de alguna manera, como vivir activado por un motor externo. El impulso viene de fuera, responde a lo que se espera de nosotros, a estándares impuestos, que tienen poco o nada que ver con nosotros mismos. Actuamos desde el automatismo, con poca conciencia, desconectados de nosotros mismos.

Vivir en el ser, por el contrario, implica que nos activamos desde un motor interno que está conectado con nosotros mismos, con nuestro centro, con nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestro propósito de vida. Supone actuar con mucha más conciencia y también con mayor responsabilidad.

Cuando estamos atrapados en el hacer, la actividad rige nuestra vida y llega un punto en el que ya no sabemos cómo parar. Esto también tiene sus beneficios, porque frecuentemente las personas más activas son las que consiguen más resultados, especialmente en el plano profesional. Muchas veces son los grandes triunfadores, altos directivos de empresa, deportistas de primera línea, emprendedores…

Ahora bien, las personas que dedican al hacer enormes cantidades de energía, también pagan costes muy elevados, a menudo tienen muchas dificultades para parar, descansar, hacer silencio, disfrutar de los pequeños momentos y también, y no menos importante, presentan dificultades para reflexionar, mirar hacia adentro, hacer introspección, tomar conciencia, aprender… En estos casos, nos encontramos con que la  acción (desconectada y regida por el motor externo) se convierte en el principal enemigo del aprendizaje y el desarrollo.

Más profundamente, vivir en el hacer implica renunciar a uno mismo en muchos sentidos, ya que la mejor manera de cumplir las expectativas ajenas es renunciar a las propias necesidades e impulsos. Así llega un momento en el que ya no sabemos qué es lo que realmente queremos y, cuando nos detenemos por un instante para reflexionar sobre ello, sólo encontramos vacío. Un vacío difícil de sostener, que nos devuelve inmediatamente a la urgencia de ponernos en acción, porque en el hacer, toda angustia queda enmascarada.

Las personas que viven en el hacer toman decisiones que después acaban pasándoles factura. Son situaciones que afloran frecuentemente en los procesos de coaching. “Elegí esta carrera, que no era mi preferida, porque fue la que me aconsejaron”, “me mantuve en este trabajo tanto tiempo, porque mi jefe me decía que era imprescindible y que me necesitaba”, “trabajé durante años a destajo, dejándome la piel, simplemente porque me parecía que era lo que había que hacer”. Por el camino me agoté, me llené de estrés, renuncié a mis sueños, a mis deseos, a mis necesidades, perdí el foco de mis prioridades, dejé de defender mi punto de vista, aprendí a aceptar las opiniones de los demás con una sonrisa, en vez de defender las mías, dejé de expresar las emociones menos aceptadas en mi entorno, normalmente la tristeza y la rabia. Me perdí y ahora no sé cómo volver a encontrarme.

Aprender a vivir en el ser es un trabajo para toda la vida. Significa apagar el piloto automático y vivir despiertos, con conciencia de quién soy, en constante contacto con mis emociones y mis necesidades, respetando mis límites y también mis prioridades, confiando en mi propio criterio, desplegando el coraje necesario para asumir la responsabilidad de mi vida.

Vivir en el ser implica vivir más conectado con uno mismo, aceptando lo que hay, entendiendo nuestras fortalezas y nuestras áreas de mejora y sintiéndonos valiosos. Cuando vivimos en el ser, tenemos más conciencia de quiénes somos, qué necesitamos, cómo nos sentimos… Desde esta conciencia, cualquier movimiento hacia la acción resulta coherente con nuestros deseos, nuestras necesidades y nuestro propósito de vida.

En cualquier caso, a diferencia de otras distinciones, esta del ser y el hacer no refleja un continuo, con matices intermedios, sino que es más bien de diseño binario. Cuando no estamos en el ser, el hacer ocupa ese espacio y viceversa. O dejo que me habiten, o me habito yo. De esta manera, a lo largo de un mismo día, podemos sentirnos en un momento bien conectados con nuestro interior, con nuestro motor interno y nuestro ser y, al momento, volver a encontrarnos desconectados de eso, regidos por el motor externo, el ego y el hacer.  Por eso decimos que habitar el ser es un trabajo de largo recorrido para el que necesitamos poner mucha atención y presencia y también mucha constancia y coraje.

Finalmente, una reflexión para las relaciones interpersonales desde esta distinción: al mejorar la conexión con nosotros mismos y habitar más este espacio propio y personal que es el ser, descubrimos una nueva mirada también hacia nuestro entorno y hacia las personas que nos rodean, porque cuando observamos a los demás en su hacer, fácilmente entraremos en juicios y valoraciones, rechazando y reprobando su manera de hacer, siempre en función de nuestro propio esquema mental. Sin embargo, cuando podemos mirar el ser de la otra persona, nuestra mirada se hace mucho más profunda, más amplia y más compasiva, porque en el ser están todos los haceres posibles.

Jorge Moscardó
Fuente: Centro del coaching

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